miércoles, 2 de noviembre de 2016

Dadá: El cambio radical del siglo XX de Jed Rasula


El origen del dadaísmo fue una tumultuosa velada del 5 de febrero de 1916, en el Cabaret Voltaire, de Zurich, tres días antes antes del descubrimiento de la palabra mágica, Dadá. Entre los intérpretes que actuaban se encontraba Hugo Ball, un místico, filósofo y productor de cabaret alemán, así como el diminuto Tzara, que recitaba poemas rumanos impresos en trozos de papel que rebuscaba en sus bolsillos.

Zurich era en aquel momento un hervidero de artistas, refugiados, exiliados o desertores que huían de la guerra. El Cabaret Voltaire estaba en una antigua cervecería del barrio más pobre de Zúrich. Los principales artífices fueron el poeta Hugo Ball y su compañera sentimental, Emmy Hennings.
La pareja logró, tras publicar un anuncio en un periódico local, reunir a un variopinto grupo de artistas que ofrecían actuaciones diarias sin planificación, ni programa. Entre esos artistas destacan los rumanos Tristan Tzara (a quien se atribuye el origen del nombre del movimiento) y Marcel Janco, el francés Hans Arp y el alemán Richard Huelsenbeck, quienes estuvieron más o menos ligados a esta corriente hasta su desaparición. El éxito fue fulminante.
Aunque Tristán Tzara era el más joven del grupo (1896-1963) no tardó, tras Janco y Ball, en convertirse en su cabeza: su capacidad de provocación, de activista y archivero, además de sus punzantes y creativas proclamas, fueron la base. La mayoría de los protagonistas tuvieron una vida estrafalaria, aunque sorprendentemente longeva, y, una vez muerto el dadaísmo, utilizaron sus enseñanzas para crear o impulsar otras tendencias.
Las veladas dadá se llenan de lecturas espontáneas, recitales de música en tres idiomas al unísono, grotescas manifestaciones en contra del artista burgués y su arte y excéntricas representaciones hacia la política. Imagínense, pues, cómo debió sentirse el público de principios del siglo XX cuando en una velada sucedía lo siguiente: dos artistas en el escenario pintan un enorme telón de fondo, casi todo negro, con manchones abstractos que hacen parecerlo un huerto de pepinos; a continuación, asoman una bailarinas con máscaras africanas y realizan una coreografía tribal; más tarde, suena una composición de Schoenberg para dar paso a un recital de poesía en el que veinte actores declaman sus poemas (diferentes) al unísono; acto seguido, aparece un individuo vestido de blanco, con un maniquí de sastre decapitado, se sienta de espaldas al público y comienza a leer un manifiesto, en el que no faltan los improperios.
Las polémicas veladas fueron el principal medio de difusión de las ideas del movimiento, que se apoyó en diversas publicaciones a modo de panfletos y revistas que se extendieron como un virus dando lugar a los grupos dadaístas de París, Hannover, Colonia, Berlín y Nueva York.
El movimiento dadá fue efímero, su vida se desarrolló entre 1916 y 1924. El bullicio del Cabaret Voltaire duró tan solo unos meses, pero bastó para incubar una serie de formas artísticas novedosas. Después de los meses de vida de aquel cabaret, con sus coreografías de jazz, sus insultos al público, sus tomatazos a los performers, sus trifulcas, sus recitados de poesía fonética, su serie de manifiestos contradictorios y sus disfraces y fotos graciosas, Dadá se expandió o mejor, reapareció en Berlín, en París y en Nueva York, con máscaras diferentes en cada una de estas ciudades. En París, por ejemplo, André Breton quiso darle la forma de un movimiento organizado, con las excomuniones y jerarquías que luego impondría al surrealismo.
El movimiento Dadá era, entre muchas cosas, contradictorio: Ball busca en el primer cristianismo los orígenes de su nueva poética, un misticismo neoplátonico en parte, una suerte de anarquía y pureza religiosa, negación de los valores y exaltación de un valor. En 1920, tras romper con Dadá, retornó al catolicismo. Todos estaban tocados en alguna medida por el romanticismo alemán de primera hora, sobre todo por Novalis: «Convertirse en ser humano es un arte». Por Marx: cambiar la sociedad. Y por Rimbaud: cambiar al hombre.
Los dadaístas Hans Arp, Ball, Hennings, Huelsenbeck (uno de sus más tenaces teóricos), Janco y Tzara exaltaron el juego y la provocación, pero se la jugaron en sus juegos. No los asistió la frivolidad sino la percepción de que el siglo había comenzado podrido.
Dadá fue la semilla de numerosas corrientes artísticas, algunas de ellas de gran importancia, como el surrealismo o el constructivismo. Sólo hace falta repasar alguno de los nombres que participaron en las publicaciones, veladas o exposiciones dadaístas para observar su ulterior alcance: André Breton, Max Ernst, Marcel Duchamp, Vasili Kandinski, Louis Aragon o Charles Chaplin, entre otros muchos.
Los dadaístas fueron un grupo de artistas que concibieron el arte como algo diferente, aunque ni ellos mismos lograron ponerse de acuerdo en qué buscaban. La contradicción, lo absurdo, la reacción adversa y airada de los espectadores, la provocación, la ironía, la negación o el escándalo eran y no eran al mismo tiempo la esencia de dadá. Tal es la complejidad y la anarquía de sus planteamientos por lo que ofrecer una definición precisa es imposible.
El origen de dadá y su denominación es una confusión de historias al más estilo dadaísta. Las historias de los mismos dadaístas difieren tanto unas de otras que es imposible señalar una que sea la correcta. La más popular es la que hace referencia a Tristan Tzara, que encontró la palabra dadá el 8 de febrero de 1916 en un diccionario que puso encima de su escritorio; queriendo buscar una palabra abrió el diccionario al azar y buscó la más rara y desconocida. Así encontró dadá, que significa ‘caballo de madera’ en francés, y a su vez también ‘nodriza’ y ‘papá’ en inglés, ‘cubo’ y ‘madre’ en cierta comarca de Italia, es doble afirmación en ruso y en rumano, etc.
¿Y qué es Dadá? “Los verdaderos dadaístas están en contra del dadaísmo”, escribió Tristan Tzara en el Manifiesto dadaísta. “En principio, yo estoy en contra de los manifiestos, como lo estoy de los principios”. La palabra dadá no tenía importancia, lo que les importaba era el espíritu del sinsentido de su significado. Richard Huelsenbecq, uno de los participantes y posteriormente fundadores de Dada Berlin, lo definió así, «...el dadaísmo no ha sido inventado por un hombre, nadie lo ha imaginado, propuesto o lanzado, nació como expresión de la enemistad contra la guerra y los gobiernos, como miedo y necesidad de hobbies del espíritu, como cinismo radical, como resignación, rabia y radicalización de sí mismo y náusea. El dadaísmo fue una corriente artística que se reía de las corrientes artísticas, a través de la sinceridad incondicional».
Pero realmente iba más allá. Dadá reclamaba un espacio de rebelión, negación y destrucción de las convenciones sociales, políticas, literarias y artísticas, el sistema en general. Dadá era un gran no, una radical negación del arte y la razón, el guerrillero de una decidida Nada.
Dadá surgió de unas circunstancias históricas determinadas, pero, cada vez que migró, se adaptó a las distintas situaciones locales e hizo todo lo posible para echar raíces. Esa capacidad de adaptación lo convirtió en un fenómeno difícil de encasillar, aunque eficaz también como arma y estrategia. Podría decirse que fue una especie de guerra de guerrillas cultural que estalló en medio de una guerra oficial catastrófica, oficiosa y obtusa que galvanizó, en primer lugar, a quienes no tardaron en ser dadaístas, agitando su enfático no con un sí igualmente enfático.
A pesar de la vitalidad del dadaísmo, a los pocos años empieza a mostrar signos de cansancio y sus principales valedores a abandonarlo. No obstante los esfuerzos de Tristan Tzara por mantenerlo a flote, el movimiento se diluye. Mantener un constante espíritu creativo y un incombustible esfuerzo por reinventarse es imposible y agotador; además, la ausencia de cánones artísticos impide su perpetuación. A partir de 1920, el dadaísmo empezó a decaer y entrará en declive durante los años veinte no sin antes haber dejado una huella imborrable en la historia del arte.
Entre los rasgos más perdurables de la caja de herramientas dadaísta se encuentra la irreverencia y el ingenio, la indiferencia a valoraciones culturales como lo sublime y lo vulgar y el gusto por los entornos interactivos. El dadaísmo sigue siendo un movimiento demasiado rápido como para estarse quieto lo suficiente para quedar fijado en sus productos o en historias. Dadá, a su contradictoria manera, triunfó.

martes, 1 de noviembre de 2016

En el café de los existencialistas de Sarah Bakewell


Año, 1933. Una ciudad, París. Un lugar, el famoso bar Ber-de-Caz, en la calle Montparnasse y tres jóvenes enamorados del universo y sus infinitas teorías, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Raymond Aron. Imaginemos la escena: los tres jóvenes bebiendo cócteles de albaricoque y discutiendo sobre corrientes filosóficas tradicionales y modernas. Los jovencísimos Simone de Beauvoir, Sartre, y Raymond Aron eran todos licenciados en Filosofía. En medio de la charla Raymon Aron comenta:
«Ya ves, mi pequeño camadara - le dijo Aron a Sartre; ‘mi pequeño camarada’ era su apodo para él desde que ambos eran escolares- , si eres fenomenólogo, puedes hablar de este cóctel y hacer filosofía sobre él».
Así Sartre y Beauvoir se enteran de que la nueva manera de filosofar era la fenomenología de Husserl, cuyo lema decía “¡hay que ir a las cosas mismas!”, pensar desde las cosas y experiencias cotidianas sin las ataduras de la tradición, mirándolas como la primera vez. Según Beauvoir, Sartre quedó impresionado por la afirmación de su compañero y supuso en él un instantáneo interés por la fenomenología, vista como una filosofía de lo real. Sartre se interesó tanto que se marchó a Berlín a estudiar fenomenología.
Allí Sartre conoce la historia de Husserl, su fenomenología y su inmenso legado manuscrito —salvado de las garras nazis por el monje belga Herman Van Breda—. Conoce a Heidegger, el “filósofo del ser”, díscolo fenomenólogo que publicó una obra sui generis. A Heidegger la fenomenología lo había arrastrado hasta las profundidades del Ser para levantar una ontología nueva (y bastante críptica) que le coloca a la cabeza filosófica del siglo XX, pese a su acreditado filozanismo. Heidegger es aborrecible y admirable a partes iguales, y así lo vieron Arendt, Marcuse o Jaspers, que le pidieron una retractación que nunca llegó. Terminó su vida fomentando un misticismo telúrico y advirtiendo contra la deshumanización tecnológica, cuya influencia llega hasta el ecologismo contemporáneo. Su mente titánica nunca fue del todo humana.
Tampoco Sartre está libre de culpa, en su caso pecando por la extrema izquierda. El existencialismo en él se fue haciendo cada vez más político, exacerbando la noción de compromiso: el esteticismo es un crimen contra los débiles de este mundo. Allí donde haya un ser sufriente, a su lado luchará la pródiga pluma de Sartre. El existencialismo sartreano está en la base de toda la contracultura: feminismo, neomarxismo, experimentación con drogas, movimiento gay, revolución sexual, anticolonialismo, antiautoritarismo. Podría decirse que la revolución sexual de los 60 se mira en el modelo abierto de la pareja Sartre-Beauvoir, que dominó el discurso cultural durante décadas desde su púlpito de Les Temps Moderns.
Sartre interpretó las brumas germanas como pudo e impulsó una filosofía propia basada en la libertad individual, cuyo postulado esencial decía que el ser humano está condenado a elegir y lo que elige le hace ser lo que es. Enseguida saltó a la fama con La náusea, mientras que Simone de Beauvoir, armada con su propia filosofía de la libertad, arrolló con El segundo sexo.
Es difícil explicar concretamente qué es el existencialismo. Pero una idea está clara: la de la libertad individual. Una libertad entendida como la capacidad de elección, de elegir en cada momento lo que se quiere hacer, asumiendo la responsabilidad de sus consecuencias. Ahí es donde radica la importancia de este movimiento, por eso se extiende por el mundo en los años sesenta y cincuenta, y de esta idea se alimenta la sociedad moderna. Es en esta época cuando encontramos el origen del movimiento feminista, de la lucha contra el racismo, de terminar con las diferencias de clases.
Los existencialistas nos recuerdan que la existencia humana es difícil, y que la gente a menudo se porta de una manera horrible, y sin embargo también demuestran lo grandes que son nuestras posibilidades. El existencialismo es un hondo grito libertario. Nada nos determina. El hombre es arrojado al mundo y debe construirse decisión a decisión, lidiando con la ansiedad que provoca la conciencia implacable de la responsabilidad personal. A la vez, es una filosofía que incita a la acción y su atractivo es tal que postula no sólo una forma de ver las cosas distinta, sino incluso una manera de vivir alternativa a la de la sociedad.
La filosofía existencialista nació y se desarrolló acompañada de café (o de cócteles de albaricoque), nicotina, amores y jazz, porque quienes la emprendieron eran jóvenes ansiosos de sabiduría y libertad. Debatían en los cafés y vivían a salto de mata, pugnando por transmitir sus novedosas ideas. El existencialismo no sólo era un modo de pensar, sino una moda y estilo que ponía el acento en la libertad, el individualismo, la vida y sus decisiones angustiosas. El existencialismo es una filosofía que apasiona y sigue apasionando por la manera en que se inmiscuye en la vida de sus partidarios. Ese movimiento arrasaría en los clubes de jazz y cafés de la Rive Gauche, y luego llegaría a todo el mundo.