miércoles, 2 de noviembre de 2016

Dadá: El cambio radical del siglo XX de Jed Rasula


El origen del dadaísmo fue una tumultuosa velada del 5 de febrero de 1916, en el Cabaret Voltaire, de Zurich, tres días antes antes del descubrimiento de la palabra mágica, Dadá. Entre los intérpretes que actuaban se encontraba Hugo Ball, un místico, filósofo y productor de cabaret alemán, así como el diminuto Tzara, que recitaba poemas rumanos impresos en trozos de papel que rebuscaba en sus bolsillos.

Zurich era en aquel momento un hervidero de artistas, refugiados, exiliados o desertores que huían de la guerra. El Cabaret Voltaire estaba en una antigua cervecería del barrio más pobre de Zúrich. Los principales artífices fueron el poeta Hugo Ball y su compañera sentimental, Emmy Hennings.
La pareja logró, tras publicar un anuncio en un periódico local, reunir a un variopinto grupo de artistas que ofrecían actuaciones diarias sin planificación, ni programa. Entre esos artistas destacan los rumanos Tristan Tzara (a quien se atribuye el origen del nombre del movimiento) y Marcel Janco, el francés Hans Arp y el alemán Richard Huelsenbeck, quienes estuvieron más o menos ligados a esta corriente hasta su desaparición. El éxito fue fulminante.
Aunque Tristán Tzara era el más joven del grupo (1896-1963) no tardó, tras Janco y Ball, en convertirse en su cabeza: su capacidad de provocación, de activista y archivero, además de sus punzantes y creativas proclamas, fueron la base. La mayoría de los protagonistas tuvieron una vida estrafalaria, aunque sorprendentemente longeva, y, una vez muerto el dadaísmo, utilizaron sus enseñanzas para crear o impulsar otras tendencias.
Las veladas dadá se llenan de lecturas espontáneas, recitales de música en tres idiomas al unísono, grotescas manifestaciones en contra del artista burgués y su arte y excéntricas representaciones hacia la política. Imagínense, pues, cómo debió sentirse el público de principios del siglo XX cuando en una velada sucedía lo siguiente: dos artistas en el escenario pintan un enorme telón de fondo, casi todo negro, con manchones abstractos que hacen parecerlo un huerto de pepinos; a continuación, asoman una bailarinas con máscaras africanas y realizan una coreografía tribal; más tarde, suena una composición de Schoenberg para dar paso a un recital de poesía en el que veinte actores declaman sus poemas (diferentes) al unísono; acto seguido, aparece un individuo vestido de blanco, con un maniquí de sastre decapitado, se sienta de espaldas al público y comienza a leer un manifiesto, en el que no faltan los improperios.
Las polémicas veladas fueron el principal medio de difusión de las ideas del movimiento, que se apoyó en diversas publicaciones a modo de panfletos y revistas que se extendieron como un virus dando lugar a los grupos dadaístas de París, Hannover, Colonia, Berlín y Nueva York.
El movimiento dadá fue efímero, su vida se desarrolló entre 1916 y 1924. El bullicio del Cabaret Voltaire duró tan solo unos meses, pero bastó para incubar una serie de formas artísticas novedosas. Después de los meses de vida de aquel cabaret, con sus coreografías de jazz, sus insultos al público, sus tomatazos a los performers, sus trifulcas, sus recitados de poesía fonética, su serie de manifiestos contradictorios y sus disfraces y fotos graciosas, Dadá se expandió o mejor, reapareció en Berlín, en París y en Nueva York, con máscaras diferentes en cada una de estas ciudades. En París, por ejemplo, André Breton quiso darle la forma de un movimiento organizado, con las excomuniones y jerarquías que luego impondría al surrealismo.
El movimiento Dadá era, entre muchas cosas, contradictorio: Ball busca en el primer cristianismo los orígenes de su nueva poética, un misticismo neoplátonico en parte, una suerte de anarquía y pureza religiosa, negación de los valores y exaltación de un valor. En 1920, tras romper con Dadá, retornó al catolicismo. Todos estaban tocados en alguna medida por el romanticismo alemán de primera hora, sobre todo por Novalis: «Convertirse en ser humano es un arte». Por Marx: cambiar la sociedad. Y por Rimbaud: cambiar al hombre.
Los dadaístas Hans Arp, Ball, Hennings, Huelsenbeck (uno de sus más tenaces teóricos), Janco y Tzara exaltaron el juego y la provocación, pero se la jugaron en sus juegos. No los asistió la frivolidad sino la percepción de que el siglo había comenzado podrido.
Dadá fue la semilla de numerosas corrientes artísticas, algunas de ellas de gran importancia, como el surrealismo o el constructivismo. Sólo hace falta repasar alguno de los nombres que participaron en las publicaciones, veladas o exposiciones dadaístas para observar su ulterior alcance: André Breton, Max Ernst, Marcel Duchamp, Vasili Kandinski, Louis Aragon o Charles Chaplin, entre otros muchos.
Los dadaístas fueron un grupo de artistas que concibieron el arte como algo diferente, aunque ni ellos mismos lograron ponerse de acuerdo en qué buscaban. La contradicción, lo absurdo, la reacción adversa y airada de los espectadores, la provocación, la ironía, la negación o el escándalo eran y no eran al mismo tiempo la esencia de dadá. Tal es la complejidad y la anarquía de sus planteamientos por lo que ofrecer una definición precisa es imposible.
El origen de dadá y su denominación es una confusión de historias al más estilo dadaísta. Las historias de los mismos dadaístas difieren tanto unas de otras que es imposible señalar una que sea la correcta. La más popular es la que hace referencia a Tristan Tzara, que encontró la palabra dadá el 8 de febrero de 1916 en un diccionario que puso encima de su escritorio; queriendo buscar una palabra abrió el diccionario al azar y buscó la más rara y desconocida. Así encontró dadá, que significa ‘caballo de madera’ en francés, y a su vez también ‘nodriza’ y ‘papá’ en inglés, ‘cubo’ y ‘madre’ en cierta comarca de Italia, es doble afirmación en ruso y en rumano, etc.
¿Y qué es Dadá? “Los verdaderos dadaístas están en contra del dadaísmo”, escribió Tristan Tzara en el Manifiesto dadaísta. “En principio, yo estoy en contra de los manifiestos, como lo estoy de los principios”. La palabra dadá no tenía importancia, lo que les importaba era el espíritu del sinsentido de su significado. Richard Huelsenbecq, uno de los participantes y posteriormente fundadores de Dada Berlin, lo definió así, «...el dadaísmo no ha sido inventado por un hombre, nadie lo ha imaginado, propuesto o lanzado, nació como expresión de la enemistad contra la guerra y los gobiernos, como miedo y necesidad de hobbies del espíritu, como cinismo radical, como resignación, rabia y radicalización de sí mismo y náusea. El dadaísmo fue una corriente artística que se reía de las corrientes artísticas, a través de la sinceridad incondicional».
Pero realmente iba más allá. Dadá reclamaba un espacio de rebelión, negación y destrucción de las convenciones sociales, políticas, literarias y artísticas, el sistema en general. Dadá era un gran no, una radical negación del arte y la razón, el guerrillero de una decidida Nada.
Dadá surgió de unas circunstancias históricas determinadas, pero, cada vez que migró, se adaptó a las distintas situaciones locales e hizo todo lo posible para echar raíces. Esa capacidad de adaptación lo convirtió en un fenómeno difícil de encasillar, aunque eficaz también como arma y estrategia. Podría decirse que fue una especie de guerra de guerrillas cultural que estalló en medio de una guerra oficial catastrófica, oficiosa y obtusa que galvanizó, en primer lugar, a quienes no tardaron en ser dadaístas, agitando su enfático no con un sí igualmente enfático.
A pesar de la vitalidad del dadaísmo, a los pocos años empieza a mostrar signos de cansancio y sus principales valedores a abandonarlo. No obstante los esfuerzos de Tristan Tzara por mantenerlo a flote, el movimiento se diluye. Mantener un constante espíritu creativo y un incombustible esfuerzo por reinventarse es imposible y agotador; además, la ausencia de cánones artísticos impide su perpetuación. A partir de 1920, el dadaísmo empezó a decaer y entrará en declive durante los años veinte no sin antes haber dejado una huella imborrable en la historia del arte.
Entre los rasgos más perdurables de la caja de herramientas dadaísta se encuentra la irreverencia y el ingenio, la indiferencia a valoraciones culturales como lo sublime y lo vulgar y el gusto por los entornos interactivos. El dadaísmo sigue siendo un movimiento demasiado rápido como para estarse quieto lo suficiente para quedar fijado en sus productos o en historias. Dadá, a su contradictoria manera, triunfó.

martes, 1 de noviembre de 2016

En el café de los existencialistas de Sarah Bakewell


Año, 1933. Una ciudad, París. Un lugar, el famoso bar Ber-de-Caz, en la calle Montparnasse y tres jóvenes enamorados del universo y sus infinitas teorías, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Raymond Aron. Imaginemos la escena: los tres jóvenes bebiendo cócteles de albaricoque y discutiendo sobre corrientes filosóficas tradicionales y modernas. Los jovencísimos Simone de Beauvoir, Sartre, y Raymond Aron eran todos licenciados en Filosofía. En medio de la charla Raymon Aron comenta:
«Ya ves, mi pequeño camadara - le dijo Aron a Sartre; ‘mi pequeño camarada’ era su apodo para él desde que ambos eran escolares- , si eres fenomenólogo, puedes hablar de este cóctel y hacer filosofía sobre él».
Así Sartre y Beauvoir se enteran de que la nueva manera de filosofar era la fenomenología de Husserl, cuyo lema decía “¡hay que ir a las cosas mismas!”, pensar desde las cosas y experiencias cotidianas sin las ataduras de la tradición, mirándolas como la primera vez. Según Beauvoir, Sartre quedó impresionado por la afirmación de su compañero y supuso en él un instantáneo interés por la fenomenología, vista como una filosofía de lo real. Sartre se interesó tanto que se marchó a Berlín a estudiar fenomenología.
Allí Sartre conoce la historia de Husserl, su fenomenología y su inmenso legado manuscrito —salvado de las garras nazis por el monje belga Herman Van Breda—. Conoce a Heidegger, el “filósofo del ser”, díscolo fenomenólogo que publicó una obra sui generis. A Heidegger la fenomenología lo había arrastrado hasta las profundidades del Ser para levantar una ontología nueva (y bastante críptica) que le coloca a la cabeza filosófica del siglo XX, pese a su acreditado filozanismo. Heidegger es aborrecible y admirable a partes iguales, y así lo vieron Arendt, Marcuse o Jaspers, que le pidieron una retractación que nunca llegó. Terminó su vida fomentando un misticismo telúrico y advirtiendo contra la deshumanización tecnológica, cuya influencia llega hasta el ecologismo contemporáneo. Su mente titánica nunca fue del todo humana.
Tampoco Sartre está libre de culpa, en su caso pecando por la extrema izquierda. El existencialismo en él se fue haciendo cada vez más político, exacerbando la noción de compromiso: el esteticismo es un crimen contra los débiles de este mundo. Allí donde haya un ser sufriente, a su lado luchará la pródiga pluma de Sartre. El existencialismo sartreano está en la base de toda la contracultura: feminismo, neomarxismo, experimentación con drogas, movimiento gay, revolución sexual, anticolonialismo, antiautoritarismo. Podría decirse que la revolución sexual de los 60 se mira en el modelo abierto de la pareja Sartre-Beauvoir, que dominó el discurso cultural durante décadas desde su púlpito de Les Temps Moderns.
Sartre interpretó las brumas germanas como pudo e impulsó una filosofía propia basada en la libertad individual, cuyo postulado esencial decía que el ser humano está condenado a elegir y lo que elige le hace ser lo que es. Enseguida saltó a la fama con La náusea, mientras que Simone de Beauvoir, armada con su propia filosofía de la libertad, arrolló con El segundo sexo.
Es difícil explicar concretamente qué es el existencialismo. Pero una idea está clara: la de la libertad individual. Una libertad entendida como la capacidad de elección, de elegir en cada momento lo que se quiere hacer, asumiendo la responsabilidad de sus consecuencias. Ahí es donde radica la importancia de este movimiento, por eso se extiende por el mundo en los años sesenta y cincuenta, y de esta idea se alimenta la sociedad moderna. Es en esta época cuando encontramos el origen del movimiento feminista, de la lucha contra el racismo, de terminar con las diferencias de clases.
Los existencialistas nos recuerdan que la existencia humana es difícil, y que la gente a menudo se porta de una manera horrible, y sin embargo también demuestran lo grandes que son nuestras posibilidades. El existencialismo es un hondo grito libertario. Nada nos determina. El hombre es arrojado al mundo y debe construirse decisión a decisión, lidiando con la ansiedad que provoca la conciencia implacable de la responsabilidad personal. A la vez, es una filosofía que incita a la acción y su atractivo es tal que postula no sólo una forma de ver las cosas distinta, sino incluso una manera de vivir alternativa a la de la sociedad.
La filosofía existencialista nació y se desarrolló acompañada de café (o de cócteles de albaricoque), nicotina, amores y jazz, porque quienes la emprendieron eran jóvenes ansiosos de sabiduría y libertad. Debatían en los cafés y vivían a salto de mata, pugnando por transmitir sus novedosas ideas. El existencialismo no sólo era un modo de pensar, sino una moda y estilo que ponía el acento en la libertad, el individualismo, la vida y sus decisiones angustiosas. El existencialismo es una filosofía que apasiona y sigue apasionando por la manera en que se inmiscuye en la vida de sus partidarios. Ese movimiento arrasaría en los clubes de jazz y cafés de la Rive Gauche, y luego llegaría a todo el mundo.

miércoles, 10 de agosto de 2016

"Stella" de Emma de la Barra

Emma de la Barra (1860-1947) es la autora de “Stella” y es, también, la fundadora de “Las mil casas” en el barrio de Tolosa. En 1944, con guión de Ulyses Petit de Murat, la novela llegó a la pantalla grande. La película, interpretada nada menos que por Zully Moreno y dirigida por Benito Perojo, próximamente se proyectará en la “Tertulia de los Sábados” de la Academia Tolosa. Emma de la Barra, en 1905, no pudo firmar la obra con su nombre y se camufló bajo el seudónimo de César Duayen. La moral de la época, y sobre todo el círculo familiar y social en el que se mueve la condicionarán para publicar bajo otra identidad. "Stella” es una novela que suma nuevos modelos de heroínas femeninas en las letras nacionales. La obra fue dedicada a la memoria del padre de la autora, Federico de la Barra, periodista y miembro del Congreso de la Confederación Argentina. Sus protagonistas son Alejandra (Alex), y su hermana Stella, a cargo de Alex por sufrir de invalidez en sus piernas. Una carta del padre de las jóvenes, Gustavo, presenta a las hermanas, encomendándolas al cuidado de su tío, hermano de la madre de las jóvenes. Alex y Stella Fussler Maura se incorporan a la sociedad porteña de la mano de su familia materna. La discapacidad de Stella hace que su hermana afronte la responsabilidad de su cuidado y manutención. Alex se erige entonces en una heroína moderna, que hereda el pensamiento científico del padre y que lo lleva adelante, mientras las mujeres de su familia están aún atadas al mundo de las emociones, de los romances. Alex no sólo recibió del padre su naturaleza sana y vigorosa, sino también su conformación moral e intelectual; su gran cerebro y su alma vasta. La novela relata en cierta forma parte de su vida: Stella es una jovencita que se casa con un hombre mayor y acaudalado. Fue escrita en pocas semanas. En un pasaje de la obra, una amiga opina de ella: “A Stella no le han enseñado a pensar”. Stella tiene su contraparte en otro personaje interesante, Alejandra, quien dice como adelantando la voz de otras mujeres que se haría estampida y también cliché: “Una persona del género femenino tiene derecho a saber algo más que Colón descubrió América, tocar piano, cantar, coser y bordar en seda china”. Alejandra (Alex) armó su biblioteca con libros austeros que leen los hombres y el círculo de sus amistades la motejan “Alex”, masculinizándole el nombre. En la novela, Stella significa la mujer horizontal, pisoteada cual una alfombra, mientras que Alejandra se animó a salir más allá de la puerta de calle. Alejandra (Alex) tiene una excepcional educación europea, una mirada moderna y avanzada sobre la sociedad y los papeles que en ella les deberían tocar al hombre y la mujer, conoce perfectamente el mundo pero no sabe cómo manejarse en la alta sociedad argentina, hipócrita y de escaso vuelo intelectual. También es incapaz de discernir sus propios sentimientos. No está preparada, por su ingenuidad, para los lances amorosos y las envidias que suscita, y, por fin, no atina a franquearse con el único personaje que podría entenderla. Correlativamente, también encontramos contradicciones y defectos en otro protagonista, Máximo Quiroz, cuya amplia experiencia vital, cultura e inteligencia no le impiden malinterpretar las actitudes de Alejandra y desconfiar de ella a pesar de su perspicacia. Sin embargo, estos defectos, lejos de perjudicar a los personajes de la novela, los hacen más humanos y creíbles, compensando el carácter abiertamente idealizado de la hermana menor de Alejandra (Stella) especie de ángel lisiado que parece salido de un cuento de Hans Christian Andersen y que contrasta con la verosimilitud realista con que están pintados los otros niños de las familias argentinas. No se puede dejar de destacar la rica, lúcida, completa y compleja pintura de costumbres que nos presenta Stella, y que en gran medida explica el éxito arrollador que tuvo. La sociedad porteña sin duda se vio reflejada en esta implacable descripción. Desde ese punto de vista, también resulta una novela fascinante para el lector de hoy. "Stella" es una clarísima apología de la instrucción de la mujer, de su incorporación a la vida intelectual y al trabajo tradicionalmente reservado a los hombres, de su capacidad para existir como ser humano más allá del matrimonio. "Stella" se convierte en un best-seller, vendiéndose 9 mil ejemplares de un tirón. El dueño de la librería pondrá un letrero que avisa que la primera edición está agotada y asegura a los frenéticos compradores que en tres días los estantes de la librería estarán repletos. Nuevas ediciones son consumidas por un público ilustrado y también por un público popular. Pasados apenas cinco años de su aparición, “Stella” ya llevaba más de veinte reediciones, y varias traducciones, destacándose la del idioma italiano, cuya edición prologó nada menos que Edmundo de Amicis. Emma había nacido en una familia acomodada de Rosario, su padre, Federico de la Barra, fue periodista, fundador de La Confederación (primer periódico rosarino) y senador por Santa Fe y su madre, Emilda González Funes, fue una dama de sociedad cordobesa . Siendo adolescente, comienza a asistir a reuniones literarias y a mitines obreros. Poco tiempo después, se casa en un matrimonio por conveniencia, acordado por su familia, con su tío Juan de la Barra (hermano de su padre) quien la doblaba en edad. Se muda con él a Buenos Aires, donde Emma continúa desarrollando el talento musical y la pintura y realizando actividades de índole social y cultural, consentida por su esposo. Entre otras, fundó la Sociedad Musical Santa Cecilia, la primera escuela profesional de mujeres; y la Cruz Roja, junto a Elisa Funes de Juárez Celman. También hizo labores de traducción, por ejemplo con la obra Novia de abril, de Guy de Chantepleure. Queda viuda y tiempo despues conoce a Julio Llanos, periodista del diario La Nación que se había encargado de los trámites para la edición de Stella, y con quien más tarde contraería matrimonio. Julio Llanos organiza un concurso que premiará a quien devele quien es César Duayen. El periodista de El Diario, Manuel Láinez, responde a esta incógnita: "Corresponde a una bellísima dama, la señora Emma de la Barra". Además de escritora, Emma fue mujer de empresa y dueña de una muy considerable fortuna que resuelve invertir en la fundación de una ciudadela en la localidad de Tolosa, que sería conocido como "Barrio de las Mil Casas". Le preguntaron cuántas casas integrarían ese complejo y Emma contestó: “Como mil casas”. En realidad serían 216 casas de techo bajo, tres habitaciones, un patio en común con aljibe de estilo colonial. Este proyecto se estancó y fracasó. El drama para la fundadora fue que el doctor Dardo Rocha se le adelantó con otra fundación que consistió en la ciudad de La Plata y “Las mil casas” estaban a medio construir. Cuando el pelotón de inmigrantes llega para trabajar en las edificaciones platenses, se desparraman en conventillos y sitios vecinos al centro, que es el lugar de trabajo. En 1882 fundan La Plata y el ingeniero Otto Krause apresura a construir unos palacios y parques deslumbrantes. “Las mil casas” se terminaron en 1887 y fueron alquiladas a obreros del Molino La Julia. El crédito, que aún no se había terminado de pagar, fue una cuenta pendiente que Ema de la Barra no pudo saldar. Con los años se fue alejando de los negocios. El Banco Hipotecario decidió, en 1910, rematar la construcción de las ‘mil casas’. En aquel entonces resultó muy difícil encontrar un comprador y el barrio quedó, por largo tiempo, deshabitado.

En el camino de Jack Kerouac

Corren los años siguientes al fin de la 2ª Guerra Mundial y los jóvenes, inquietos en la búsqueda de nuevas sensaciones, de cambio, de vida; conviven con un mundo anquilosado de estructuras sociales y morales. Sal Paradise, un joven escritor neoyorquino, conoce a Dean Moriarty, un alocado, extraño, ambivalente, ángel y demonio; juntos y con otros diferentes compañeros cada vez, recorren Estados Unidos, de Nueva York a Nueva Orleans, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York en autostop o a bordo de Cadillacs prestados y Dodges desvencijados. La vida rápida del asfalto contagia su aceleración en los sitios donde paran. El ritmo del jazz y el bop, marca su tono. El sexo, el amor, el alcohol, las drogas son gasolina directamente surtida al cerebro; pero, en realidad, es la amistad el motor de todas sus acciones. Alcohol, orgías, marihuana, éxtasis, angustia y desolación, el retrato de una América subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo stablishment. Era la juventud beat; era, en realidad, un libro semi-biográfico de los viajes del propio Jack Kerouac, de Neal Cassidy, Allen Ginsberg y William Burroughs, por las carreteras de la Norteamérica de los 40. Con el paso del tiempo, En el camino, un libro que fue la biblia y el manifiesto de la generación beat, se ha convertido en una "novela de culto" y en un clásico de la literatura norteamericana.

Mujeres de Charles Bukowski

“Mujeres” es una de las más aclamadas novelas de Bukowski. Es una obra acerca del amor. Aunque su génesis se halle en la perversa cabeza de Charles Bukowski y aunque cada página de la novela original esté empapada de alcohol, disputas de remolienda y chicas malas para un chico aún más malo. En “Mujeres”, su alter ego Henry Chinaski, el `viejo indecente´, un perdedor nato, se encuentra a los cincuenta años con una creciente reputación literaria, algún dinero en el banco y mujeres: montañas de mujeres. Se le ofrecen en los recitales de poesía, le escriben cartas procaces, le telefonean sin cesar. Y Chinaski las quiere todas, quiere desquitarse de sus largos años de forzadas abstinencias. Y a la vez, este gigantesco maratón sexual es un proceso de aprendizaje, de conocimiento, en el que Bukowski no escatima sarcásticas observaciones sobre sí mismo. El relato describe incontables borracheras mientras cuatro chicas recorren la geografía de la vida bohemia de Henry Chinaski. Lydia, la bipolar favorita de Buko, DeeDee la incondicional, Cecilia la novia del mejor amigo y Tanya la nínfula deseosa y deseable que recrean los mejores párrafos de la mejor novela de Bukowski. Charles era hijo de un militar americano y una guapa alemana y siempre ha estado patente en sus relatos el odio hacia su padre por su carácter extremadamente abusivo y violento y su indiferencia hacia su madre que siempre fue esclava sumisa de su padre. Su desarrollo en la etapa adolescente se vio fuertemente afectado por el acné vulgaris que contrajo y que le hizo hacerse aún más huraño y violento de lo que había sido de pequeño. Su siguiente etapa (después de un intento fallido en la escuela de periodismo) fueron diez años en los que intentó convertirse en escritor en Los Ángeles, pero más bien lo que consiguió fue alcoholizarse totalmente y adquirir ese porte de vagabundo con clase que le hizo famoso. En estos años pasó por innumerables empleos que no le duraban más de unas horas e incluso se dedicó a boxear aprovechando las tablas que había adquirido peleándose con todo tipo de personajes en los bares que tanto frecuentaba. Esta etapa terminó con su ingreso en un hospital de la beneficencia con el hígado totalmente ulcerado y los intestinos reventados literalmente de tanto beber, en 1954. Los médicos le dieron por acabado y le ingresaron en una sala donde estaban todo este tipo de pacientes, y donde las enfermeras hacían viajes cada diez minutos para recoger los cadáveres de los que hace un momento eran pacientes, pero inexplicablemente Bukowski revivió y con más fuerza que nunca. Por último tenemos al Bukowski rico y famoso, el más depravado de todos. En los sesenta la generación Beat vio en él un puntal estable al que agarrarse con fuerza y un ídolo bibliográfico al que admirar, y de hecho Buk vendió más de un millón de ejemplares de sus libros en un año. Pero la fama lo único que hizo fue potenciar aún más la personalidad que le había llevado a ser esa especie de estrella del rock escritor. Como detalle se puede señalar que en sus recitales de poesía había tanta gente como en los conciertos de rock y la gente tenía una actitud muy similar, todos bebían, fumaban y voceaban al ver a su ídolo recitar sus obras con una caja de cervezas al lado que siempre terminaba vacía al final de la lectura. Buk aprovechó aquella época para saciar ese deseo sexual que siempre acompañaba a sus obras y empezó a tocar la parte erótica de sus relatos con más intensidad. El sexo siempre fue muy importante en la vida de Buk y el siempre se sintió traumatizado con sus experiencias con las mujeres, que siempre acababan siendo catastróficas, especialmente en el caso con su primera mujer, que murió con él durante uno de sus maratones de alcoholismo. La obra de "Buko" está orientada hacia un enfoque minimalista, técnica narrativa escueta y directa, carente de adornos estilísticos, frases y párrafos cortos, sin esmerada ortografía, pocos personajes, poca acción, de tono apagado y lineal, sin movimiento, intriga ni trama. En conclusión, Charles Bukowski ha sido uno de los autores más importantes de la literatura del siglo XX, y es que este escritor pasó de ser un borracho al que nadie quería tener cerca y que vivía como un vagabundo en Los Ángeles a ser un ídolo de masas (cosa rara en un escritor) admirado por los intelectuales, por las clases populares y por muchos artistas que cada año le rinden homenaje en sus propias obras.

Yonqui de William Burroughs

“Yonqui” sigue siendo uno de los mejores retratos que se han escrito del adicto. Su lectura, que aún estremece, resulta bastante fácil y requiere una mínima atención. La historia ha demostrado que es autobiográfica. "Yonqui" es una mirada dentro del universo de las drogas, un pequeño atisbo dentro de ese submundo en los EEUU durante los años cincuenta. Es un impresionante testimonio sobre su experiencia con la heroína y no ahorra detalles, siempre narrados con un estilo frío, cortante y distanciado muy característico de él -y de la novela negra, donde declaró haberse inspirado-. De la mano de un personaje anónimo Burroughs nos muestra las vidas desesperanzadas y sin objetivos de un puñado de adictos, personas que hubieran podido llevar una vida "normal" pero que escogieron un camino más tortuoso. Burroughs se limita a contar de modo desganado la historia de esos personajes bastante anodinos. Y es que la droga, en palabras de Burroughs "no proporciona alegría ni bienestar, es una manera de vivir". Burroughs empieza su adicción durante la 2ª Guerra Mundial a base de morfina y opiáceos de farmacia y progresivamente comienza a recurrir a heroína adulterada del mercado callejero, con un precio considerablemente mayor. La novela retrata la cotidianidad del adicto y la lucha constante contra las resistencias de los médicos y farmacéuticos a dispensar narcóticos (algo impensable tan sólo veinte años antes, cuando estos mismos profesionales eran el principal grupo social de adictos y/o difusores de la adicción yatrogénica). “Yonqui” se publicó en 1953, gracias a los buenos oficios de Allen Ginsberg, que se paseó con el manuscrito bajo el brazo por diversas editoriales hasta dar con Carl Solomon, un editor más valiente -y más desesperado- que otros, y que años después confesó que era tal el terror que le daba trabajar con semejante material que estuvo a punto de sufrir un colapso. Y así fue como apareció uno de los libros míticos de la literatura norteamericana, pero también uno de los más prohibidos y subterráneos, en una editorial marginal, bajo el pseudónimo de William Lee. La conmoción que provocó su dura temática llegó incluso a superar sus expectativas. Burroughs era entonces un perfecto desconocido y la verdad es que con "Yonqui" escogió la manera más rápida de llamar la atención, ganándose casi al instante fama de escritor "maldito". Nacido en Saint-Louis el 5 de febrero de 1914, en el seno de una familia acaudalada, se educó en los mismos centros que la elite blanca, anglosajona y protestante que dirige Estados Unidos. A tenor de aquellos años, nadie hubiera dicho que estaba llamado a presidir el panorama contracultural de la segunda mitad del siglo XX. Graduado en Literatura Inglesa en Harvard (1936), marcha a Viena a estudiar Medicina, para volver con posterioridad a Harvard, esta vez para seguir un curso de Antropología. Desde muy joven se había ido formando gracias a su condición de rata de biblioteca y su esmerada educación burguesa (su abuelo fue el fundador de una famosa marca de calculadoras, posteriormente absorbida por IBM). Se casa con una judía alemana para librarla de los nazis y emprende un viaje por toda Europa. Trabaja de redactor de un periódico en St. Louis y a partir de 1938 se traslada a Chicago, donde ejercerá de exterminador de cucarachas. Durante su estancia en Chicago desde 1938 hasta 1943 se introduce en el mundo del hampa y la delincuencia, condicionado por su incipiente adicción a la morfina. En 1943 se instala en Nueva York, conoce a Herbert Huncke, uno de los “héroes” suburbanos retratados por los escritores de la generación beat y heroinómano prototípico. También en esa época conoce a Allen Ginsberg y Jack Kerouac. En el año 1945, a pesar de su homosexualidad, se casa con una mujer llamada Joan y compra una granja en Texas. Dos años después se traslada a Nueva Orleáns, donde comienza a tener problemas con la policía, ya que la situación legal es cada vez más difícil para los morfinómanos, por lo que huye a Méjico en 1949, donde escribe sus dos primeras novelas: “Yonqui” y “Marica”. En su debut como escritor, utiliza un estilo mucho más conciso y aséptico que en la mayor parte de sus obras posteriores otorgando prioridad a la historia más que a la forma literaria, construyendo una narración desprovista de todo elemento accesorio, casi minimal. Poco después de terminar “Yonqui”, escribe “Marica”, utilizando el mismo estilo simple y conciso. Esta será su novela más sentimental, ya que trata de sus diversas relaciones amorosas y sexuales durante su estancia en Méjico y Panamá. En ella queda claro que su matrimonio con Joan, a pesar de los hijos en común, es más una cuestión de amistad que de amor, ya que su condición de homosexual lo lleva a acumular jóvenes amantes masculinos, a menudo interesados por el dinero que esperan sacarle al “gringo”. En Méjico, cuando cree haber encontrado por fin su asentamiento ideal (le fascina la extrema libertad y el mundo onírico que se vive allí, amén de la facilidad con que puede comprar morfina) sucede un accidente que marcará su destino como escritor: su mujer muere tras recibir un disparo del propio Burroughs mientras realizaban prácticas de tiro a lo Guillermo Tell en estado ebrio. Este trágico suceso lo llevará a embarcarse en una expedición antropológica a Panamá, que después continuará en solitario por Colombia, Ecuador y Perú, en busca del yagé , un poderoso vegetal alucinógeno utilizado por diversas tribus latinoamericanas. Regresa a Nueva York en 1953 para asistir como padrino al nacimiento incipiente de la “Beat generation”. En 1954 se marcha a vivir a Tánger a causa de sus problemas con la justicia estadounidense, allí residirá hasta 1958. Estos años serán los más duros y dramáticos de su vida, a causa de su adicción cada vez mayor a la heroína. Durante este período no es capaz de escribir más que pequeños fragmentos inconexos, algunos de ellos incorporados después a su novela “El almuerzo desnudo”, que describe su vida en esta época. Tras numerosos intentos de desintoxicación, en 1956 se somete al revolucionario tratamiento de apomorfina del doctor John Dent en una clínica de Londres, con resultados positivos que le permitirán retomar enérgicamente su labor literaria. En 1960 se traslada a Londres, aunque con esporádicas estancias en París y Tánger. En 1965 reside en el mítico Hotel Chelsea de Nueva York, con diversos músicos y artistas de la nueva generación hippie, conoce a muchos representantes de la pintura y poesía de la década de los sesenta. Poco después regresa a Londres, donde residirá hasta 1974, fecha de su definitivo regreso a EEUU. Desde finales de los ochenta hasta su muerte en 1997, Burroughs publicó una enorme cantidad de novelas pero, sobretodo dedicó sus esfuerzos a la pintura, la música y el cine, grabando infinidad de discos. En definitiva, al final de su vida, el escritor maldito se convirtió en una especie de icono mediático.

Viaje al fin de la noche de Luis Ferdinad Celine

El libro es un viaje transcontinental a un ritmo salvaje y acelerado (deserción del ejército francés, éxodo por tierras africanas y descubrimiento de las infelicidades norteamericanas) de Ferdinand Bardamu, un estudiante parisino, de familia humilde, razonador, antipatriota, semianarquista que se alista como voluntario, imprevisiblemente, apenas suena el primer toque de clarín. Enviado al frente, en medio de esa carnicería mecanizada, comienza a envidiar la suerte de los caballos, que revientan como seres humanos pero sin frases altisonantes. Asi el Ferdinand de la novela experimenta la gran mentira de la guerra en carne propia. Protagonista, narrador y autor convergen en la misma persona, un hombre joven y escéptico que, sin saber por qué se alista en el Ejército para combatir contra los alemanes y comprueba que la guerra no tiene nada de heroico. Después de recibir una herida y una medalla, pasa por varios hospitales donde unos médicos astutos lo persuaden de volver cuanto antes «al ardiente cementerio del campo de batalla». Enfermo, deja el ejército, parte hacia una colonia africana donde se asquea de la bajeza humana, agotado por el calor y la malaria tropicales. En las colonias francesas descubre un mundo tan corrupto y deshumanizado que parecería inverosímil si no fuera porque era real. Después de haber entrado clandestinamente en América, trabaja en la Ford, y encuentra una fiel compañera en la persona de una prostituta (éstas son las páginas más tiernas del libro). De regreso a Francia, termina sus estudios de medicina, y ejerce como médico en un barrio miserable en el que sus enfermos hablan mal de él y casi nunca le pagan. Aparecen los Henrouille, proponiendo con sus planes el asesinato de la vieja rica. El ataque frustrado acaba en la ceguera castigo de Robinson, su oscuro amigo. Y en la huida a Toulouse. La vuelta a París es con un trabajo en un siquiátrico. De manera que el fin del viaje de Ferdinand es un manicomio en el que por fin, disfrutará de cierta tranquilidad y un buen pasar económico, pero Robinson, como una mala sombra, volverá a aparecer en su vida y será asesinado por su prometida, a la que Ferdinand se había cepillado alegremente. Viaje al fin de la noche es una novela escrita al mismo tiempo con pasión arrasadora y rabia lúcida en la que Cèline nos muestra con crudeza la realidad que le rodeaba, sin compasión. A lo largo de cientos de páginas, descubrimos el día a día de Ferdinand Bardamu: un rara avis que deambula por medio mundo sin llegar a ninguna parte. Ferdinand Bardamu es un héroe desilusionado y castigado que vive experiencias extremas, siempre al borde del abismo: herido en la Primera Guerra mundial, enamorado de una prostituta sin futuro, víctima de un trabajo embrutecedor en las colonias francesas en África, perseguidor del "sueño americano" que no se parece al del publicitado mito. Cèline es un viajero observador, cáustico y sin compasión que escribe un libro autobiográfico, marcado por una prosa ácida y agresiva. Desde el punto de vista técnico, Céline no se complica. La novela es más bien un diario, escrito por tanto, en primera persona. A pesar de que el personaje se llame Bardamu, sabemos que es Céline. Es casi una autobiografía, donde el autor no tiene que inventar tramas, dramas o hilos argumentales. Se trata de la tarea tan sencillamente compleja de narrar la vida, su vida. Sin embargo, Céline es mucho más ordenado de lo que parece. Basta tomar una lupa y fijarse en su prosa para comprobar, como mantiene una estructura narrativa más organizada de lo que a priori creemos. De esta forma el autor fue creando a lo largo de su obra un universo tragicómico y delirante, a la vez mezcla de experiencias propias y ficticias, usando un estilo telegráfico, rebosante de molestos puntos suspensivos que cortan el hilo del discurso lógico y obligan al lector a un ímprobo esfuerzo para enterarse de algo de lo que le están contando. Ya catapultado al éxito, indignado con los empresarios judíos que se niegan a estrenarle un ballet, comienza a gestar un antisemitismo que tiene una primera manifestación en 'Bagatelas para una masacre'. (1937), a la que seguirán varias obras menores, siempre nacidas de su odio a los hebreos. Los puntos de vista exacerbados de Céline, y sus escritos antisemitas de fines de los años treinta, hicieron que se le acusara de colaboracionismo con los nazis. Debido a ello, Celine estuvo exiliado en Alemania y Dinamarca en 1944. Después de la caída del régimen de Vichy, la vida de Céline será una sucesión de sufrimientos que parecen copiados de sus propias novelas. Y parece confirmarse que la vida imita al arte hasta en sus aspectos más desgarradores. En 1944, Céline se retira de Francia junto con las tropas alemanas. Hace una escala en Alemania, donde paradójicamente sus libros están prohibidos. Condenado en su país busca refugio en la neutral Dinamarca, donde asimismo se chupó un año de cárcel. Indultado en el 51, volvió a casa para acabar su obra en el ostracismo. Finalmente, muere casi olvidado, un primero de julio de 1961.